Buenos Aires, 10 de diciembre de 2011 - Habitualmente es arduo hablar de un nuevo gobierno, en cualquier situación y en cualquier país del mundo, cuando lo que se registra es un segundo mandato. Esto sucede en democracia. Pasó en los Estados Unidos, por ejemplo, con el caso más reciente, el de George W. Bush, y ahora Barack Obama aspira a ser reelecto el año que viene, porque así lo permite la Constitución norteamericana. Pasó en Brasil, con la reelección del presidente Luiz Inácio Lula Da Silva y ha pasado en la Argentina.
La posibilidad de un segundo mandato de la reelección forma parte del acervo democrático de las naciones. Cuando se produce esta instancia, en consecuencia, estamos frente a más de lo mismo, pero también ante la posibilidad de algo diferente.
El precedente en la Argentina es el de Carlos Menem, que fue reelecto en 1995, luego de la reforma de la Constitución. Porque la Constitución, en 1994, impedía la reelección. De tal modo que, en este sentido, Cristina Fernández de Kirchner, que asume su segundo mandato, continúa los pasos que posibilitó la reforma constitucional de 1994. ¿Tenemos elementos de juicio para pensar que lo que viene puede ser diferente, muy diferente o nada diferente a lo que hasta ahora hemos vivido?
En este sentido, es útil recorrer algunos puntos nodales que marcan el primer mandato de Cristina Kirchner. Ella asume el 10 de diciembre de 2007. En el curso de los días sucesivos se produjo un violento enfrentamiento con los Estados Unidos a propósito del inesperado, indeseado, imprevisto y escandaloso hallazgo de una valija con 800.000 dólares que venía a bordo de un avión procedente de Venezuela contratado por el gobierno argentino
A partir de ese momento, de la denuncia a los Estados Unidos con la idea de que se trataba de una conspiración de la Agencia Central de Inteligencia, el mandato de Cristina Kirchner, en vida de Néstor Kirchner, fue extremadamente turbulento y rocoso. En marzo de 2008, el actual novio de Carla Peterson, que a la sazón era ministro de economía, presentó el famoso proyecto de retenciones agropecuarias, conocido por su nombre emblemático, por su número emblemático, la resolución 125. En julio de 2008, tras cuatro meses de auténtico levantamiento civil en el campo argentino, con el voto de desempate de Julio César Cleto Cobos, el proyecto de retenciones agropecuarias fue demolido.
En septiembre de 2008, Cristina Kirchner ordenó estatizar Aerolíneas Argentinas, norma fue aprobada por el Congreso Nacional con el voto de muchos diputados que decían ser opositores de este gobierno. En noviembre de ese año, 2008, con la conducción de Amado Boudou, fueron estatizadas las administradoras de fondos jubilación privada. Y el año 2009 está marcado por el episodio troncal de la derrota del kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires, en las elecciones legislativas de junio de ese año.
A partir de ese momento, se habría de producir la recuperación. Una recuperación que se realizó, por de pronto, con el decreto de octubre de 2009 que ordena el pago de una asignación por hijo, que no es universal, aunque es presentada como tal, pero no como producto de una ley de la Nación, sino como de un decreto presidencial, para poder decir “esto es lo estoy dando yo a ustedes, es mío para ustedes”, es una dación.
Ese mismo octubre de 2009, con muchos votos de los que también se denominan opositores, salió la llamada ley federal de servicios audiovisuales, repleta de preceptos extremadamente nobles, pero puesta al servicio exclusivamente de la concentración de un enorme aparato de propaganda estatal. Durante 2010, dos elementos corresponden ser marcados: la muerte de Néstor Kirchner, en octubre de ese año y, ya en los prolegómenos de las elecciones de este año, la aprobación del matrimonio igualitario en el Congreso Nacional.
¿Qué es lo que marca este derrotero de Cristina Kirchner en estos cuatro años que hoy terminan, y que abren paso a un segundo mandato?
Los cambios anunciados con la fórmula “Cristina, Cobos y vos” no solamente no fueron concretados, sino que ni siquiera fueron intentados. No sabemos si por un artilugio de marketing o por un arranque de sinceridad, en la campaña presidencial con la fórmula Cristina–Cobos, el oficialismo, con la complicidad de un importante grupo de gobernadores radicales, planteaba admitir que el país venía mal institucionalmente y que los cambios que había introducido Néstor Kirchner, tras la debacle de 2001, debían permitirle a la Nación argentina ingresar en el territorio de la seriedad institucional.
Cuando uno revisa la campaña de aquel 2007, la ve plagada de advertencias, señalamientos y propuestas del oficialismo prometiendo una época de prolijidad, separación de poderes, respeto del Congreso, justicia independiente, institucionalidad, palabra que no era cuestionada por Cristina Kirchner en aquel 2007. Al contrario, era reivindicada como lo que se necesitaba. Seguramente por eso, sectores importantes del radicalismo, no solamente Cobos, pensaron que lo que correspondía hacer era asociarse a esta etapa porque así tendríamos redistribución del ingreso con calidad democrática.
Cuatro años después, podemos decir que, como promesa, esa formulación no se cumplió. Como propuesta, ese proyecto no se hizo realidad. Desde el punto de vista institucional, palabra que reivindicaba como valiosa y pertinente la presidente al comenzar su primer mandato, la Argentina no ha mejorado sustancialmente. Hoy tenemos como rasgo característicos del presidencialismo argentino el dominio del secreto en todas las decisiones presidenciales, no solamente para con la sociedad o para con el 54% de los argentinos que la votaron, sino para con su propio gobierno y sus propios colaboradores. La presidente maneja escrupulosamente el silencio, una suerte de clandestinización de las decisiones.
No estamos hablando de la indispensable confidencialidad que todo gobierno debe mantener en punto a cuestiones claves. Nadie está pidiendo que un gobierno derrame públicamente todos los días lo que está por hacer, sino el secreto como norma permanente para todo. Eso va unido al mantenimiento de una incertidumbre serial: nunca se sabe nada. Ha desaparecido, incluso, de las páginas de Internet del gobierno el cronograma semanal de actividades de la presidente. Dónde estará, adónde va a ir, qué va a inaugurar. Se sabe todo recién cada mañana, donde se sabe que va a suceder ese día solamente.
Sorpresa, secreto, incertidumbre, misterio, enigma, todo esto lleva a una conclusión contundente: hay un ejercicio absolutamente vertical del poder, aún cuando la Argentina es un país constitucionalmente presidencialista. Porque aún cuando nos definamos como una democracia republicana, representativa y federal, es cierto que nuestro país, al igual que los Estados Unidos, se enrola dentro de las naciones que le dan muchos recursos de Estado al presidente. En nuestro caso se ha provocado una suerte de desborde absoluto en ejecutividad.
Pensemos que diez años después, una década completa, de la debacle de la convertibilidad, la nación argentina sigue viviendo en estado de emergencia, con una concentración de superpoderes en manos del Estado que podría haber sido comprensible y hasta necesaria en los primeros tres, cuatro, hasta cinco años, pero que diez años después es un abuso.
Otro elemento que surge a partir de la muerte de Néstor Kirchner es la decisión filosófica, política, práctica y conceptual de llevar a cabo una exaltación poco menos que mesiánica en la figura de Kirchner, convirtiéndolo en un mito vivo. Es algo que se advierte no sólo en la faraónica bóveda de Río Gallegos, sino también en el hecho de que en este año que ha transcurrido desde su muerte, han florecido desde Jujuy hasta Tierra del Fuego, infinidad de lugares, puentes, caminos, barrios, salas, universidades, centro educativos y centros de salud que llevan el nombre de Kirchner. O sea, hay una brutal personalización de lo que se quiere plantear como un mito definitorio.
Si los cambios que se anunciaban en octubre de 2007 no se ejecutaron en estos cuatro años, uno se puede imaginar que así fue porque no se dieron las condiciones. El mundo, ese 2008, atravesó una furiosa crisis financiera que ahora vuelve, de alguna manera, a reproducirse de manera no tan grave, pero igualmente preocupante. Sin embargo no tengo derecho a mentirme, ni tampoco mentirles, a la hora de albergar alguna conjetura relativamente esperanzadora para un gobierno que, por ejemplo, nombra como ministro de agricultura de la Nación, en reemplazo de Julián Domínguez, a un caballero llamado Norberto Yahuar, que el 27 de octubre último a través de LU20 Radio Chubut, recién llegado de Río Gallegos, y ante versiones que anticipaban su inminente designación como nuevo ministro de agricultura de la Nación dijo “el cargo me queda grande”. “Lo que uno no puede hacer en la vida de la política es ser un aventurero” blanqueó. Y dijo que en realidad no tenía los conocimientos ni el equipo para asumir esa cartera. Sin embargo ahí ha ido a parar.
Entre los datos que surgen del nuevo equipo ministerial, se advierte, por ejemplo, un explícito vaciamiento de la Cancillería. El ministro de relaciones exteriores dejará de manejar todo lo vinculado al comercio internacional, área que ha sido íntegramente cedida al imperio de Guillermo Moreno.
El caso de Juan Manuel Abal Medina como nuevo jefe de gabinete es, en ese sentido, particularmente revelador. He aquí una persona que proviene del mundo académico, al que se lo llama excesivamente intelectual, pero todavía hay que ver si Juan Manuel Abal Medina es un intelectual, aunque sí es cierto que ha estudiado y eso no se lo puede negar nadie.
Abal Medina no es un hombre que viene del peronismo, viene del Frente Grande. El Frente Grande, es, como se sabe, la cuna de la que nació el Frepaso. Esta es una de las patas de la Alianza que llevó a Chacho Álvarez al Gobierno allá por diciembre de 1999. Abal Medina es un hombre de 43 años al que no corresponde analizar por sus vínculos familiares. Todos somos hijos de alguien, todos tenemos un tío. Un tío montonero o un padre secretario general del justicialismo no necesariamente convierten a la persona que tiene esos vínculos en el espejo o en la copia de papel carbónico de sus familiares.
Pero sí corresponde juzgar y, en todo caso, entender a Abal Medina a través de sus declaraciones, las pocas que ha dado, porque es uno más de los que tienen una alergia imperial al periodismo, al que ve, pese a ser un politólogo, como enemigo estratégico del Gobierno. Cuando se leen las pocas pero fuertes declaraciones que ha hecho a lo largo de estos años Abal Medina, advierte que estamos frente a un cuadro que expresa de manera muy sincera y transparente esta idea de que gobernar no es dialogar, ejecutar no es consultar y que un gobierno puede alegar ser democrático dedicándose exclusivamente a conducir, guste o no guste quien no piense de esa manera.
Por estos elementos, por la preservación del mismo equipo, más allá de los cambios que impone una época marcada por una turbulencia económica notable que inexorablemente está y seguirá afectando a la Argentina, uno tiene la sensación, yo al menos la tengo, de que sería improcedente y poco sabio imaginar cambios fundamentales de rumbo en el futuro inmediato. Sobre todo porque el segundo mandato de Cristina Kirchner se apoya sobre un desequilibrio nacional del que seguramente ella no es la responsable directa, pero que ella no ha hecho mucho por mejorar, desequilibrio basado en la virtual evaporación de las alternativas opositoras, más allá de los gustos, ideologías, de las historias y culturas de cada comunidad. Eso es lo que define de manera inconfundible a una sociedad democrática y a un gobierno de las mismas características, la existencia, si se me permite la frase, de un “mercado político abierto”, en donde incluso los derrotados, como sucede con el socialismo español, tras las elecciones del 20 de noviembre, tengan peso específico, valencia, existencia y espacio en la toma de decisiones de un país.
No hay una sola democracia verdaderamente así concebida que exista desde el gobierno unánime de una fracción mayoritaria, a expensas de la liquidación de las alternativas opositoras. Y lo que está sucediendo en la Argentina permite entrever algo intimidatorio, un futuro extraordinariamente complicado, un ejercicio monumental de la concentración del poder que no encuentra ancla o contraparte relativamente trascendente en el área opositora.
Es cierto, me apresuro al decirlo, que cualquier país, y sobre todo la Argentina conocida por su volatilidad paradigmática, puede cambiar en tres meses. La Argentina de octubre de 2007, cuando Cristina Kirchner sacó el 45% de los votos, ya no existía en marzo de 2008. Y este es un dato real. Perfectamente uno puede imaginar que la Argentina de marzo de 2012 tendrá poco que ver con la Argentina del 23 de octubre de 2011.
Pero uno no analiza o barrunta solamente conjeturas, sino que como periodista, editorialista, como hombre que en todo caso acerca sus ideas, sus principios, sus valoraciones, sus análisis a un micrófono, debo decir que este 10 de diciembre, justificadamente regocijante para el 54% de la gente que votó por la presidente, deja sin embargo un sabor amargo en la perspectiva integral del país, no solamente para el corto, sino para el mediano y largo plazo.
Quisiera uno imaginar que existe, por gracia divina, por azar o por una mera especulación práctica, la posibilidad de que advertida de que tanto poder es su principal debilidad, tanto espacio conquistado es su principal falencia, la presidente, extraordinariamente colocada en un rol casi imperial, advierta que es en su propio beneficio la necesidad de abrir el juego y, de alguna manera, retroceder o desplazarse de ciertas posiciones de poder tan omnímodo y tan asfixiante que hoy en día ejerce por su propia supervivencia política.
Pero si así no ocurriera, y si el uso de la divisa rojo punzó de lo que se sintió orgullosa al notar su notable admiración y simpatía por el dictador Juan Manuel de Rosas, algo nos está indicando, entonces quizás deba yo cerrar estas líneas diciendo que el futuro a corto plazo no deja de ser preocupante, porque más allá de las turbulencias económicas que enfrenta este o cualquier gobierno de la Tierra, y que, de hecho, se advierte en el mundo entero como un punto crítico evidente, está en la decisión política y en el predicamento filosófico de quien tiene esa decisión política. Decidir si la Argentina se quiere parecer a la Rusia de Vladimir Putin o a la Argentina de Juan Manuel de Rosas, o si la Argentina quiere lanzarse a la aventura de progresar pero sin aplastar cabezas.
©pepeeliaschev
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