Pasión por la radio
Nosotros, los padres
Buenos Aires, 16 de junio de 2012 - No hay que victimizarse, no hay que ponerse en el centro de la problemática, no hay que considerar que uno es quien recibe pasivamente las agresiones del medio pero, en verdad, éstas son épocas difíciles para nosotros, los varones. Son épocas difíciles para los varones que hemos tenido hijos, o sea, para los padres.
Lo difícil que es para los hombres, el tiempo que nos toca vivir, este camino a menudo cuesta arriba del que poco se habla (quizá, inevitablemente), radica en los cambios colosales que se vienen produciendo en la vida cotidiana de las personas.
Las sociedades han reconocido y están combatiendo la violencia de género. Las sociedades van tomando conciencia de las injusticias milenarias cometidas contra las mujeres; de la arbitrariedad y violencia de los hombres. El machismo y la discriminación en el trabajo, de la que las mujeres fueron víctimas durante siglos, hoy son cada vez menos toleradas.
Abundan las conductas negativas y perniciosas de los hombres. Padres que no reconocen hijos, atribuyendo su paternidad al capricho de las mujeres que los han tenido; padres que no hacen frente a sus compromisos, llamados “eufemísticamente” alimentos. En definitiva, el catálogo de deficiencias, limitaciones y cuestiones sencillamente censurables que se pueden acreditar para los varones es muy largo y muy grande. Y me parece importante volcarlo hoy, en vísperas del Día del Padre, cuando yo les preguntaba a los oyentes “¿qué es papá?”, porque primero es indispensable asumir lo que hacemos mal.
En el curso de la semana, un taxista me comentaba su historia de vida. Hijo de un albañil siciliano que emigró a la Argentina, con absoluta naturalidad y absoluto afecto, sin que yo preguntara y sin que yo hiciera de periodista, sencillamente como dos personas que hablan, me contó el efecto “modelo” que tuvo su papá para con él. Era un hombre rústico pero maravilloso, que sin planes sociales, ayudas, prebendas ni subsidios, edificó una familia. ¿Curioso no? Un albañil que edificó una familia… Seguramente ese padre sería poco elocuente con las palabras y, tal vez, hasta excesivamente elemental en la demostración de sus afectos. A menudo los afectos principales se patentizan con la vida, no con las palabras. Es lo que, de alguna manera, me decía este taxista.
El trabajo es el centro ético de referencia que los hijos terminamos reconociendo en nuestros padres. Al menos así ha sido para mí, hablo del trabajo que a menudo asociamos con abnegación y que, a lo largo de la vida, implica una trayectoria.
Los hijos aprendemos más allá de los cuadernos y de los libros, viendo vivir, no de otra manera. Por eso pienso que tenemos que tener fe en que, más allá de lo que hayamos sido capaces de enseñar retóricamente, nuestras vidas son el mejor libro. Por eso los padres pueden ser paradigmas, modelos, sombras ante las cuales proyectarse. Piernas fornidas, ojos abiertos, tenacidad para emprender cada mañana la lucha por la vida. Si a esto le agregamos laboriosidad, una característica de que no todos disponemos, es casi natural configurarnos el escenario en el que termina retratándose una criatura.
Los hombres, aquellos que tienen la edad de mis hijos, y lo que aún son más jóvenes, los adolescentes, han nacido y se crían hoy en un mundo donde la equidad de género es poco menos que indiscutible. Más allá de que seamos o no capaces de concretarla en vida con las mujeres con las que estamos, los hombres sabemos que hay cosas que ya no se pueden hacer, no debemos hacer, no podemos hacer y, además, no nos van a dejar hacer. Estamos en un entorno infinitamente más exigente y riguroso, y esto implica cambiar pañales, dar la mamadera, jugar, llevarlos al o buscarlos del colegio.
Los padres son cada vez más madres y las madres son cada vez más padres, y si bien hay diferencias biológicas, que van a ser absolutamente insuperables, por suerte, porque somos diferentes, la aventura de la vida es cada vez más compartida. Y está bien que así sea.
Pero el Día del Padre debería, a mi juicio, también ser una ocasión maravillosa, al margen de los regalos que les podamos hacer a nuestros viejos, si los tenemos, una ocasión maravillosa para que los hijos piensen qué es lo que realmente tienen, en vida de sus padres, tomar de ellos, más allá del momento grato de mañana, si los tenemos, si están al lado de ellos para agasajarlos y mimarlos. Eso es lo que modestamente aconsejo que deberíamos hacer como hijos: quererlos, aprender de ellos si hay cosas para aprender, criticarlos con honestidad si hay cosas para criticar, y preguntar, es una de las grandes limitaciones de los tiempos contemporáneos.
¿Qué paradoja, no? En pleno auge del periodismo y de los medios y técnicas mediáticas, nos hemos olvidado de preguntar. Tengo para mí que los padres estamos esperando que nos pregunten todo el tiempo. Cómo fue, cómo hiciste, cómo pensaste, cómo decidiste, cómo te animaste, por qué no te animaste.
Aprender es un desafío existencial. En el Día del Padre, permitámonos, permítanse aquellos que todavía tienen a su papá, no es mi caso por cierto, la aventura de respetarlos en la pregunta y para usar el verbo más elemental, aprovecharlos y disfrutarlos en vida. Debemos admitir que la historia no empezó con nosotros sino que viene de muy lejos y va muy lejos.
Estas son algunas ideas, algunas experiencias, algunos comentarios, algunas percepciones, algunas intuiciones y algunas lecciones que quería compartir con ustedes en vísperas del día de nosotros, los padres. Feliz día para todos nosotros.
©pepeeliaschev
Emitido en Radio Mitre
Twitter @peliaschev
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