Buenos Aires, 3 de diciembre de 2011 - No puede calificarse de otra manera que no sea de barbarie las expresiones que esta semana se hicieron visibles en Buenos Aires, a propósito de una decisión que debía votar el organismo parlamentario representativo del pueblo, la Legislatura de esta ciudad, a propósito de un nuevo ordenamiento del sistema de calificación y de designación de los docentes. Barbarie pura y dura. Con un agravante supremo. Esta expresión de violencia, de exasperación, de atraso, de subdesarrollo se hace en el nombre de una de las actividades que debería estar, más allá de cualquier otra, por encima de todo gesto de prepotencia: la educación.
No es que la barbarie sea permisible en otras actividades. Cualquier manifestación de trabajadores, metalúrgicos, metalmecánicos, rurales o de empleados comercio puede adoptar formas violentas o de protesta exasperada y tenemos tiene la tendencia a interpretarlas como producto de la impotencia o de la indignación de esos asalariados. Pero, en particular, los maestros argentinos de hoy, que han elegido llamarse “trabajadores de la educación”, abandonando el sagrado nombre de “maestros”, parecen haber terminado eligiendo como representación sindical que les apetece y satisface a unos grupos que, en definitiva, son responsables políticos de lo que ha sucedido. Se metieron en una lucha que ni siquiera era por reclamos salariales, que -por otro lado- siguen siendo la justificación para paros permanentes que, en la casi totalidad de los casos, se producen un viernes o un lunes, ratificando, proclamando, subrayando, acentuando e intensificando la sensación de que se trata de trabajar cada vez menos. Pero en este caso hay dos elementos que quiero simplemente subrayar como expresión de una formidable hipocresía ideológica.
Como parte de un movimiento que permanentemente reivindica el accionar y la participación del Estado en un número cada vez mayor de actividades, como parte de una corriente ideológica que sostiene que es lógico que el Estado tenga líneas aéreas, confisque jubilaciones privadas y siga avanzando en casi todos los órdenes, este curioso progresismo, en cambio, plantea que el Estado no debe tener un papel centralizador y totalizador que signifique “quitarle derechos” a los docentes.
En una palabra, cuando se trata de la corporación del gremialismo docente, el Estado es malo, cuando se trata de Aerolíneas Argentinas, el Estado es bueno. Primer dato revelador de una gigantesca farsa ideológica: no quiere, en definitiva, que se eliminen prebendas, se atacan desigualdades y se superen injusticias, y a esa guerra van en nombre de defender la supuesta transparencia que tenía el viejo régimen de calificación docente.
En segundo lugar, esa barbarie debe ser denunciada no solo por la violencia a la que apelaron, sino porque además condenaron a los alumnos a quedarse sin clases, perjudicando al propio gremio docente que pierde el sueldo por días no trabajados, decisión que me parece enteramente legítima por parte del Gobierno de la Ciudad.
Es inocultable la raíz eminentemente partidaria e intencionada que tuvo esta movilización, que –afortunadamente- no ha podido imponerse. Porque, aún cuando la ley aprobada por la Legislatura no es la totalidad de lo que proponía el Poder Ejecutivo en este caso, ha terminado promulgándose una norma que, precisamente, ratifica la centralidad del Estado en el proceso de designación de los docentes cuyos sueldos paga ese Estado.
En definitiva, ha sido una semana triste para la Legislatura, una nueva ratificación de la formidable involución cultural, ideológica y sindical que viene padeciendo desde hace años el sindicalismo docente en la Argentina.
©pepeeliaschev
Emitido en FM Identidad