Palabras Impresas

Cárceles y encarcelados
Buenos Aires, 05 de agosto de 2012 - Es difícil tomar en serio a un director del Servicio Penitenciario Federal que se autodefinió en Twitter como “negro de mierda” y “orgullosamente kirchnerista”.
El descubrimiento periodístico de preocupantes hechos acontecidos en el sistema carcelario argentino produjo una previsible y saludable conmoción. Las autorizaciones especiales para que presos procesados por crímenes muy graves salieran de la cárcel a fin de participar de actos supuestamente “culturales” ha superado muchos límites. Hasta Raúl Eugenio Zaffaroni, el estelar miembro de la Corte Suprema cuyo desdén por la pena en el castigo del crimen es muy conocido, tuvo que apresurarse a reconocer que había sido un “error político” permitir que homicidas cuyos crímenes son muy recientes se pasearan por actos de claro proselitismo.
¿Error “político”? Fueron jueces argentinos quienes dieron una luz verde para que ex baterista de “Callejeros” Eduardo Vásquez participara de las movidas del llamado “Vatayón” Militante, descripto como destacamento carcelario de La Cámpora. ¿Esos jueces actuaron de manera legal o ilegal? ¿Corresponde autorizar salidas especiales para fines u objetivos supuestamente “culturales” a presos no solamente condenados sino, inclusive, solo procesados?.
El Tribunal Oral Criminal nº 20 le había impuesto a Vásquez solo 18 años de condena por el homicidio agravado por el vínculo de su esposa, Wanda Verónica Taddei. Cuando emitieron su sentencia, los jueces Luis Fernando Niño, Patricia Mallo y Pablo Laufer sostuvieron que Vásquez había obrado bajo “emoción violenta”. La trágica muerte de esa mujer se produjo tras ser literalmente quemada viva por su marido, que le vació un frasco de alcohol y le prendió fuego con un encendedor. Pero para este generoso tribunal, donde administran justicia ciudadanos que se ven a sí mismos como inapelables y rigurosos defensores de los derechos humanos, Vásquez solo merecía 18 años. No era lo que pedía la fiscalía, pero al menos era un reconocimiento elemental del horrible crimen. Sin embargo, ya en noviembre, siete meses antes de la condena, Niño, Mallo y Laufer le dieron permiso a Vásquez para que participara de actos extra carcelarios en apoyo del Gobierno. Para estos jueces, seguramente arrobados admiradores intelectuales de Zaffaroni, las salidas eran “culturales”. El caso de Vásquez no fue el único, porque también supo participar de los actos del “Vatayón” el asesino del hincha Gonzalo Acro, Rubén Silva, y un violador convicto.
Zaffaroni les reprochó a los jueces del Tribunal 20 de manera casi explícita el haber aprobado unos permisos que suscitaron la protesta de los medios. Aun cuando se presta con gusto al periodismo, Zaffaroni recela y a menudo abomina de los medios. Lo evidenció cuando la prensa reveló que departamentos de su propiedad habían sido alquilados para el ejercicio de la prostitución. Es casi seguro que Zaffaroni ignoraba el uso de su abundante portafolio inmobiliario de propiedades, pero en lugar de aclarar y excusarse (¡un juez de la Corte Suprema alquilando departamentos a pederastas!), optó por irritarse y cargar contra los medios. Ahora hizo casi lo mismo: criticó los permisos a los homicidas, pero reivindicó sus peculiares estrategias excarcelatorias. Le molestaron las repercusiones, no la gravedad de los hechos.
León Carlos Arslanián, un aguerrido apóstol del garantismo jurídico, también se agravió y mencionó en público la herida sensibilidad de las familias de los asesinados, frívolamente vulneradas. El tema, que es conceptual y doctrinario, merece ser analizado de modo riguroso, pero es bastante difícil tomar en serio a un director del Servicio Penitenciario Federal que se autodefinió en su cuenta de Twitter como “negro de mierda” y “orgullosamente kirchnerista”.Este funcionario, conspicuo integrante de las murgas dentro de las cárceles organizadas por el “Vatayón”, de las que ha participado disfrazado y de la mano de notorios homicidas, se llama Víctor Hortel y fue designado por el ministro de Justicia, Julio Alak. Ambos son platenses.
Todo indica que aquí hubo especulación política y que fue un acto de cinismo explícito. Bajo la excusa de la “reinserción social”, se procedió de manera tal que las autoridades y sus jueces amigos aparecieran como piadosos, humanos, compasivos e indulgentes. Forma parte de una especie de ideología que consiste en elogiar la “trasgresión” en todos los órdenes y en todos los ámbitos. Esta semana, el vicepresidente Amado Boudou elogió las actitudes “trasgresoras” del Gobierno nacional respecto a la deuda externa. Alak, Hortel y los jueces del TOC 20 no quisieron ser menos. Pero se olvidaron de las víctimas, frívolamente ninguneadas.
La liberación indiscriminada de presos o la denegación del efecto carcelario no son arrebatos nuevos en ciertas franjas del peronismo. Entre los amnistiados de 1973, al empezar el gobierno del Dr. Héctor Cámpora, también salió a la calle Aníbal Gordon, un temible asesino que meses más tarde era uno de los principales verdugos de la Triple A, la banda de ultra derecha que masacró a centenares de militantes peronistas y de izquierda.
Es un mensaje moral horrible, un insulto explícito, frontal e impune a la sensibilidad de las familias de las víctimas, como las de Gonzalo Acro y Wanda Taddei. No parecen haber pensado estos jueces “despenalizadores” en el efecto existencial, humano, sensorial, emocional, que produce en las familias de las víctimas, mujeres violadas y asesinadas, ver por televisión cómo
funcionarios como Hortel se exhiben alegremente con los asesinos de sus seres queridos.
El Tribunal Oral Criminal nº 20 (Niño, Mallo y Laufer) consuma una nueva demostración de extendido fenómeno de la impunidad en la Argentina. Lo quiera o no, banalizan el crimen, frivolizan las evaluaciones, convierten en superficial el concepto de lo que debe hacerse y lo que no debe
hacerse. Lo hacen al servicio de un supuesto y muy peculiar compromiso con políticas de derechos humanos.
El Gobierno trató de avalar esta estrategia, agravando los errores de los jueces y de los funcionarios. Fue la peor de las soluciones: en vez de advertir la enorme gravedad de lo sucedido, lo relativizó con sus sarcasmos habituales.
© pepe eliaschev
Publicado en Diario Popular
Twitter @peliaschev
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