Palabras Impresas

Aquí están todas mis columnas publicadas en los medios gráficos de los que soy columnista permanente: El Día, Diario Popular, Perfil y otros ocasionales. Esto que pasa es mi comentario de fin de semana y se publica hace más de diez años.
Domingo 12 de febrero de 2012Diario El Día

El poder magnético de una causa sobredimensionada

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Buenos Aires, 12 de febrero de 2012 - No hay paraíso en la Tierra. No existen comarcas exentas de conflictos e, incluso, de graves tragedias sociales. Colocar a la Argentina en el tablero mundial de penurias para ver "cómo nos va" puede provocar como resultado una honda respiración aliviada, ya que éste no es un país atravesado por situaciones terribles e insolubles.

Como muestra, basta ver la sangrienta rebelión policial en la ciudad brasileña de Bahía, y la despiadada y criminal represión aplicada contra su pueblo por la satrapía de Bashar El Assad, un régimen absolutamente genocida al que el gobierno argentino sigue reconociendo, con el agregado de que este país mantiene en Damasco a un embajador muy amigo de la tiranía siria, el ferozmente anti-israelí Roberto Ahuad.

Por eso, cuando se observa el tamaño y la gravedad de otros contenciosos internacionales, la Argentina puede osar autodefinirse, comparativamente, como un país bastante virtuoso, donde si bien hay problemas, nada realmente tremendo acontece. ¿Es tan así?
 
DISTRACCIONES
 
Tal vez la mayor paradoja argentina es la acendrada tendencia nacional a distraerse de sus dificultades esenciales y enredarse en interminables y laberínticos torneos de oratoria, sin mayor saldo positivo en términos de avances del nivel de vida de la gente. Tómese el caso de las Malvinas. ¿Por qué se acepta la fecha del 2 de abril como insuperable clave política de un reclamo territorial que se pretende consumar en términos pacíficos? El 2 de abril es la guerra, nada menos que eso. Que la Argentina admita como efeméride la fecha trágica utilizada por una banda de incompetentes, inescrupulosos y deshonestos gobernantes militares, habla más que una biblioteca sobre las sinuosas ambigüedades nacionales.
¿Cómo un gobierno que se autodescribe como contracara de la dictadura militar, respeta y venera una fecha abominable, el punto de partida de una delirante zambullida en el horror, que terminó como correspondía, con la humillante capitulación del 14 de junio de 1982? No hay respuesta a esta pregunta, pero hay que hurgar en el gen "malvinero" del disco rígido kirchnerista, porque ya en esa época la simpatía de los por entonces abogados santacruceños por el desembarco militar era notoria y está documentada.
Se sabía ya hacia fines de 2011, que Cristina Fernández jugaría fuerte para hacer de 2012 un año empapado de vocinglería formalmente nacionalista, pero que no deja de ser -en último análisis- un maravilloso atajo para quitar de la agenda pública la permanencia y agravamiento de numerosas deudas sociales domésticas. Cabe, en este punto, anotar que en muchas ocasiones, lo que el gobierno no consigue por sus propios esfuerzos, se lo brinda ese mosaico desteñido y mediocre en que se han convertido los partidos y fuerzas opositoras. La concurrencia a la Casa Rosada, en la mera condición de invitados pasivos, de los directivos del radicalismo, el socialismo y el macrismo fue una formidable victoria política de un gobierno que habla de "política de estado" para definir apenas un nuevo discurso presidencial, ante el cual la única opción es escuchar y aplaudir.
El sobredimensionamiento del tema Malvinas es escandaloso. No existe un conflicto; nada le impide a la Argentina avanzar en la superación de sus intrincados asuntos, aunque las Malvinas sigan siendo un territorio no sometido a jurisdicción nacional. No es un tema de "derechos" o de mayor o menor legitimidad. Extrapolar la peripecia argentina a la apuesta Malvinas es una vieja afección nacional, una auto convicción, según la cual si la bandera argentina ondeara en esas islas, el país daría un salto hacia adelante en educación, en trabajo y en salud.
Es tal el poder magnético que la cuestión Malvinas ejerce sobre la entera sociedad civil argentina y sobre los dirigentes políticos, que para una desesperante mayoría de ellos es mayor el terror a ser calificados de enemigos de la patria, que la necesidad de decir la verdad. Si la Argentina, y sobre todo su gobierno, quisieran avanzar pacíficamente hacia un nuevo statu-quo que en el largo plazo implicara algún tipo de presencia argentina en las islas, se debería archivar para siempre la infausta fecha del 2 de abril y organizar en alguna ciudad del sur argentino (Ushuaia o Río Gallegos), con presencia fehaciente de isleños, algún tipo de celebración de la paz y de la cooperación, como manera de achicar distancias y marcar un nuevo camino. Pero esta hipótesis personal de quien firma, es ilusa, si se considera la suma de mala fe, ignorancia y chovinismo que sigue caracterizando el tema en la Argentina.
¿Ignorancia? Si, y mucha, incluso en los propios medios de comunicación líderes. Esta semana se dijo en uno de los programas principales de una de las señales periodísticas de TV más consolidadas, que el primer ministro británico David Cameron estaba jugando la carta Malvinas para conseguir apoyo porque "gobierna en minoría". Un disparate. La coalición que gobierna el Reino Unido desde mayo de 2010 y mediante la cual llegó a la residencia oficial del número 10 de la calle Downing el actual premier David Cameron tiene fehaciente mayoría parlamentaria. Dispone de 362 de las 650 bancas en la Cámara de los Comunes del Parlamento: 305 conservadores (el partido de Cameron) y 57 liberal-demócratas (el partido del vice premier Nick Clegg), una limpia supremacía.
Pareciera que hablar y escribir es cada vez más impune en la Argentina, para el gobierno, para los políticos y para muchos periodistas. Cristina Fernández, por ejemplo, exaltó desmesuradamente la figura del general Benjamín Rattenbach, autor del informe que lleva su nombre, una autopsia inclemente y verídica del aventurerismo, la temeridad, la irresponsabilidad y la criminalidad de los mandos militares que en 1982 descerrajaron el desembarco en Malvinas. Pero la Presidenta, que es peronista hasta nuevo aviso, antes de hablar podría haberse hecho asesorar un poco. El "sanmartiniano" Rattenbach fue uno de los siete jerarcas del gobierno provisorio presidido por el senador rionegrino José María Guido, que firmó el decreto-ley que proscribió al justicialismo en abril de 1963, y calificó al general Juan Perón de "tirano prófugo".
 
INCOMPETENCIAS
 
Hay un superávit verdaderamente asfixiante de improvisaciones, manipulaciones y chapucerías en la gestión diaria de la Argentina. Lo que sucede con la famosa tarjeta SUBE es una tomografía del país. Fue el 4 de febrero de 2009 (hace exactamente tres años), que Cristina anunció que "en 90 días" estaría lista y operativa una tarjeta para viajar sin usar monedas en el área metropolitana de Buenos Aires. Lo que sucedió después es una muestra suprema de incompetencia, bravuconadas y pésima gestión; ahora hay que esperar hasta marzo para que (entonces sí) esos 90 días virtuales terminen produciendo un tema tan módico y básico como una sencilla tarjeta.
En este contexto, la asombrosa declaración del ministro de Defensa, Arturo Puricelli, vanagloriándose de que la Argentina tiene cómo defenderse ante la (disparatada) hipótesis de un ataque británico a territorio continental argentino, patentiza un estado de cosas penoso. No sólo porque tales palabras revelan una ligereza institucional descorazonante, sino porque, en verdad, las Fuerzas Armadas argentinas carecen hoy por completo de toda capacidad operacional para cumplir con objetivos militares. Ese osado golpe oficial sobre el pecho, ratifica que de todo se vuelve, menos del ridículo.
 
© pepe eliaschev
Publicado en Diario El Día

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