
El caso Fernández
Buenos Aires, 31 de julio de 2011 - En su estremecedor libro “El caso Moro”, el escritor siciliano Leonardo Sciascia ofrece un escalofriante y riguroso relato de las semanas previas al asesinato del estadista italiano Aldo Moro.
Presidente del Partido Demócrata Cristiano y primerísima figura de la política peninsular durante décadas, Moro fue sangrientamente secuestrado por las Brigadas Rojas el 16 de marzo de 1978. Tras asesinar a cinco custodias, los terroristas depositaron a Moro en una “cárcel del pueblo”. Luego de infructuosas gestiones para canjear su libertad por la de varios subversivos presos, los brigadistas dejaron el cadáver de Moro en las calles de Roma, donde apareció el 9 de mayo. Durante esos 54 terribles días, la democracia cristiana se negó a negociar la libertad de Moro con los terroristas. El libro de Sciascia detalla las numerosas cartas que durante esas semanas fue escribiendo Moro y que las Brigadas Rojas distribuían entre los medios, en las que el político secuestrado clamaba por su vida y les pedía a sus viejos compañeros que aceptaran esa negociación con los terroristas. En ese relato, de fascinante y brutal impacto, Sciascia escribe, aludiendo a Moro: “Por el poder y del poder había vivido él hasta las nueve de la mañana de aquel 16 de marzo. Ha esperado seguir teniéndolo, quizás para volver a ostentarlo plenamente, sin duda para evitar morir de aquel modo. Pero ahora sabe que lo tienen otros: en los otros reconoce su faz monstruosa, estúpida, feroz. En los ‘amigos’, en los ‘fidelísimos de los buenos momentos’, macabros, obscenos buenos momentos del poder”. Nada similar sucede en la Argentina de 2011, afortunadamente, comparable con la tétrica Italia de hace 35 años. Sin embargo, las amargas y desoladas palabras de Aldo Moro para con quienes desde el poder dejaron solo a quien había sido uno de ellos, pueden servir para interpretar la saga de acusaciones y réplicas entre el ex jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, Alberto Fernández, y quien hoy ocupa la posición, Aníbal Fernández, desatadas por la publicación de un relato sobre la actual presidente Cristina Fernández, escrito por una militante del Gobierno. Aníbal hace de vocero y altavoz de la primera mandataria. Tras leer lo que Cristina dijo de él, Alberto se declara apesadumbrado por “descubrir la mentira en boca de una persona con quien se ha compartido una etapa central de la vida del país, y también de la propia, y por la que aún se guarda consideración”. Le dice a Cristina que haberlo calificado de vocero del Grupo Clarín en el Gobierno no sólo afecta su integridad ética, “sino que ensucia mucho su propia credibilidad”. Le recuerda que cuando él y Néstor Kirchner se afanaban por lograr el poder político nacional “usted misma, a veces, se reía de nuestra obcecación diciendo que nos habíamos embarcado en una ‘loca aventura’ “. Alberto le recuerda a Cristina que “su conciencia conoce que con el Grupo Clarín no tuve más relación que la que Néstor Kirchner dispuso que tuviera. Con sus directivos almorcé tantas veces como lo hizo usted y en ninguna de esas ocasiones observé algo impropio. Debe saberlo bien, porque todas las comidas fueron en la residencia presidencial de Olivos y siempre contaron con su presencia. Supe además que, habiendo dejado yo mi cargo en el gobierno nacional, usted siguió frecuentándolos en más de una oportunidad, con lo cual es evidente que nunca necesitó de mí para mantener ese vínculo”. Pero el poder real, el de hoy, no el de hace dos años, juega con otras cartas. En su respuesta, crispada, socarrona y altanera como siempre, Aníbal trata a Alberto como un miserable, no como un ex compañero o colega. Lo maltrata: “Por favor, no hable en nombre de Néstor cuando usted excedió su relación con Clarín más allá de lo dispuesto por Néstor. Por favor, no hable de lo que hubiera hecho Néstor o de lo que no hubiera hecho. Debería tener un poquito de vergüenza. No mucha, tan sólo algo. Alguito”. Al jefe de gabinete del presidente Kirchner durante todo el mandato, del 25 de mayo de 2003 al 10 de diciembre de 2007, Aníbal le espeta, sin pestañeos morales: “Llega la hora de terminar con tanta mentira y desparpajo. Piedra libre para Alberto Fernández. Lo descubrieron. Te descubrimos. Ya está, aflojá”. Al margen de la jerga arrabalera y supuestamente corajuda del actual Jefe de Gabinete, asombra la incontinencia de quien, ante la inexistencia funcional del vicepresidente Julio Cobos, es la segunda persona más poderosa de la Argentina. ¿Quiere decir Aníbal que Néstor Kirchner no “descubrió” quién era Alberto en sus 1.598 días como presidente de la Nación Argentina? ¿Alberto lo engañó a Néstor durante 38.352 horas? ¿Lo estafó durante 228 semanas? ¿Néstor cruzó esas 228 semanas, esos 1.598 días y esas 38.352 horas absolutamente ajeno a la traición del único hombre cuya oficina tenía entrada directa al despacho presidencial al que entraba cuando quería? En Alberto se advierte su indignación. Surte su texto de sablazos muy hirientes a la señora de Kirchner, como éste: “Los argentinos sabemos de sus cruzadas. (…) Créame que no hace falta fabular batallas para parecer heroica”. (… ) Pega en un costado que no por conocido deja de ser sensible y efectivo, como cuando admite “yo sé bien que usted cree en la necesidad de construir un relato propio sobre la realidad que ampare el mundo dual en el que vive”. Fuera del poder, Alberto es hoy un ermitaño sin puerto ni destino inmediato. A menos que funde y haga prosperar un nestorismo esencialmente adversario del cristinismo, sólo le queda comer tierra. Despreciado, estigmatizado y humillado por la patrulla que se quedó cuando él tuvo que irse, ahora paladea una medicina que conoce bien, porque la supo administrar hasta el 23 de julio de 2008, mientras recaló en la cabina de comando. Durante cinco años largos él también destrató, ninguneó, marginó y, llegado el caso, vilipendió todo lo que quiso, al servicio de otro monarca. Debería haber sabido que así sería tratado cuando le tocara rasguñar el desierto y la intemperie. No ignoraba qué clase de criatura era Aníbal, ni tampoco quién era la Presidente. Tampoco el pobre Moro, atrozmente asesinado por los criminales de las Brigadas Rojas, desconocía que sus viejos compinches eran una pandilla de amorales.
© pepe eliaschev
Publicado en Diario Popular