Pasión por la radio

Desde el prehistórico antecedente de 1967 (mi primer programa propio), cuando salía de la adolescencia, casi nunca dejé de hacer radio. Columnas, entrevistas, editoriales, audio puro, momentos rescatados y preservados de lo que es, para mí al menos, el más íntimo, confiable y directo de los medios de comunicación, el que involucra a los seres humanos ante un micrófono.
Sábado 17 de diciembre de 2011Pasión por la Radio

República y monarquía

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Editorial en FM Identidad

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Buenos Aires, 17 de diciembre de 2011 - Es una ceremonia ritual que se reitera año tras año. Inútil pelear contra ella. Los seres humanos tenemos ese mandato casi tácito, o en todo caso poco consciente, de acuerdo con el cual la terminación de un ciclo genera la necesidad de una mirada retrospectiva. Nada esencialmente distinto ocurre entre un, por ejemplo, 30 de diciembre y un 2 de enero. Pero, protocolo del cambio, la idea de que algo termina y algo comienza es demasiado fuerte como para poder obviarlo.

Auténticamente, los seres humanos estamos condicionados o habitados por lo que, en definitiva, era un hábito de seres humanos que poblaron la Tierra, cultivándola desde hace miles de años. Las cosechas, la siembra, los períodos naturales de la reproducción del trabajo de los seres humanos eran ciclos, perfectamente definibles en los calendarios antiguos. Y estos ciclos, al terminar o comenzar, generaban festejos, celebraciones y algo muy humano que no pertenece al reino animal: la pulsión interior de querer saber qué hicimos, por dónde anduvimos, en qué nos fue bien, en qué nos fue mal, qué queda, qué se fue, en una palabra, el balance. Que este 17 de diciembre de 2011 yo lo esté haciendo en el fondo es satisfacer mi propia necesidad, y -sin temor de que me califiquen de egoísta- mi propia convocatoria interior.

¿A qué llamamos un buen año y a qué llamamos un mal año? La Argentina es afortunadamente una nación, o si se prefiere una comarca, bendecida. Hemos sido una tierra con suerte. En el mapa mundial de las tragedias los argentinos la seguimos sacando muy “barata”. Me regocijo de eso, así como me apeno de los pueblos, que de modo casi permanente, enfrentan inundaciones, vendavales, tsunamis, terremotos, incendios, imparables. En ese mapa, de la tragedia, no podíamos haber tenido más suerte.
 
Nación escasamente poblada, la nuestra ha sido premiada con una dotación de recursos naturales importantísima, no la mejor del mundo como algunos creen, porque la Argentina, por ejemplo, no es una tierra petrolífera comparada con, por caso, Arabia Saudita o Venezuela. Pero con una dotación de alimentos importantísima y una distribución demográfica que le permite al país ser sustentable, en sí mismo y desde sí mismo, la Argentina es un país que prácticamente no ha vivido catástrofes naturales considerables, si se las compara con las que viven, inclusive, pueblos vecinos nuestros, como el chileno.
 
Ha sido tan grande la fortuna, tan impresionante la bendición natural que se ha posado sobre nosotros desde hace siglos, que a uno le cuesta creer que en estas condiciones, en este escenario, en este contexto y con estos premios naturales el país siga siendo un resumidero de pobreza y de indigencia escandalosos. Cuando uno recorre el escenario de la geografía mundial y advierte los sucesos en las naciones más castigadas del Asia central o del cuerno del África, o cuando reparamos en los terremotos de Haití y Chile, o en el enclaustramiento mediterráneo de Bolivia o Paraguay, y posa sus ojos sobre el litoral marítimo argentino, con su potencial de pesca y sus promesas de riquezas incalculables, no consigue responderse a la pregunta que me hago yo, como tantos de ustedes todos los días, cuando veo a un compatriota clasificando basura por las calles.
 
Desde el punto de vista de nuestra existencia como nación, la pobreza de los argentinos hoy es, además de escandalosa, absolutamente incomprensible. El año que se va nos deja, esencialmente, el dato clave de la renovación de la confianza electoral en la doctora Cristina Fernández de Kirchner. Ya se había advertido en el número que arrojaron las mal llamadas elecciones primarias, porque de primarias no tuvieron nada, fue una vez más la torpeza, la cortedad de miras, la ignorancia y el oportunismo de las fuerzas opositoras lo que permitió que lo que debía ser otra cosa terminara siendo, en definitiva, un zafarrancho. Lo que sucedió el 14 de agosto se ratificó, como todos sabemos, el 23 de octubre.
 
Sobre el tema electoral, hay un punto esencial que me parece determinante subrayar este 17 de diciembre. La legitimidad electoral es indiscutible, innegable e indisputable. Pero el debate se trastorna, se altera, se contamina y se distorsiona cuando convertimos al resultado en las urnas en un salvoconducto total y absoluto para todo. Afirmar la elocuencia de los resultados del 23 de octubre y convertir a esa legitimidad electoral en una especie de llave mágica que permite todo, justifica todo y perdona todo, no solamente es un avieso argumento de quienes quieren perpetuarse en el poder, sino que ese argumento, en boca de periodistas o comunicadores que pretenden justificar la permisividad que deberíamos tener para esos 12 millones de votos, es de una enorme peligrosidad.
 
No se concibe, no se entiende, no se justifica ni se termina de saldar el discurso de la legitimidad electoral, si no se lo compatibiliza y asocia con la legitimidad de gestión. Sin hacer alusiones históricas puntuales, debemos recordar que en muchos casos grandes mayorías electorales degeneraron en regímenes autoritarios y despóticos, que siguen insistiendo en que la gente los votó aún cuando han convertido ese mandato electoral en condición de entrada para armar un régimen que termina concentrando el poder de manera brutal. Y esto es lo que está pasando en este país.
 
La concentración de poder en manos de la presidente es fenomenal. Pretender justificarla, explicarla, autorizarla desde la perspectiva del 54% es una manipulación muy trastornada de la verdad profunda de las cosas. Porque un gobierno, no importa cuán grande sea la mayoría electoral sobre la que se apoya, debería comprender que hay una diversidad en la república que es menester preservar e inclusive estimular.
 
En la peor de las situaciones para la oposición, en el momento de mayor y más absoluta hegemonía del actual gobierno, hay un 46% de argentinos, tan argentinos como quienes votaron por ella, que lo hicieron de otra manera, porque tienen otras apetencias, otras inclinaciones, otras necesidades.
 
Seguir acentuando el desequilibrio, seguir capitalizando su poder con sarcasmo, ironía, agresividad, belicosidad, despotismo y discrecionalidad como lo está haciendo ahora el Congreso en manos del oficialismo, seguramente les habrá de asegurar en el corto plazo resultados muy contundentes. Son dueños de un poder indiscutible y, lamentablemente, muy poco discutido. Pero está en la naturaleza misma de las cosas en este sistema de decisiones tan concentrado, tan vertical y sobre todo tan personal, en el mediano o largo plazo inexorablemente e inevitablemente conducirá hacia situaciones enojosas y hasta trágicas.
 
Me animaría a pedirles que conservaran este editorial que estoy ofreciéndoles este 17 de diciembre. Primero para recriminarme cuánto me he equivocado dentro de uno, dos, tres o cuatro años, o tal vez, para ratificar que he tenido cierta cuota de razón al advertir que tanto desequilibrio, tanto poder, tal inclinación de la balanza a favor de un régimen tan concentrado no puede, sino generar un empobrecimiento de la vida institucional del país, con diputados y senadores que han llegado a un nivel de genuflexión que nos hace recordar las peores épocas de la Argentina y que, sin sonrojarse, y sin que muchos periodistas ni siquiera los interpelen cuando dicen esas cosas, lo cual es gravísimo, sostienen que “le” votan leyes a la presidenta y que “le” votan lo que ella les pide, diseñando un país que, lejos de ser una república democrática, parecería orientado a convertirse en una monarquía familiar.
 
©pepeeliaschev
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